Monográficos: Carlos Berlanga – Noches de Drama y Acción

Tendría que haber un tipo de carácter, o de forma de ver la vida, o de patrón de pensamiento, o de estado de ánimo, llamado “carlosberlanguiano”. Un estado que reúne a la vez pesimismo luminoso u optimismo ennegrecido, humor tierno, o un reproche con mohín, una sonrisa nostálgica o una sensación de estar permanentemente fuera de lugar, pero tomándoselo con filosofía. Sí, parece decir: estoy fuera, pero ¿y qué? ¿Vas a entrar a formar parte de mi universo o te quedarás? ¿Quieres darle un buen bocado a este technicolor musical en forma de película de Almodóvar? 
Hace más de diez años, una enfermedad perra se llevó por delante a Carlos Berlanga, autor de muchas canciones hoy día coreadas injustamente en despedidas de soltera mainstream o para ambientar realities o programas de televisión de temáticas variadas. A quién le importa lo que yo hagala calle desierta la noche idealsospechas de mí, sospechas mal¿dónde estará nuestro error sin solución? ¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo? Todas frases atribuidas a la grandilocuente Alaska pero que tenían detrás a un buen toro empujando, Carlos. Sus letras taciturnas y ácidas son un sello de la casa típico de su familia, un sentido de la vida muy español, que asume la crudeza del desamor encogiéndose de hombros y con un amargo gin-tonic de adorno en los labios. Filósofo de cóctel, Berlanga hizo del chunda-chunda tropical y los ritmos chuequeros algo con clase, con un qué se yo refinado y dandy que poco tiene que ver con el petardeo extremo y en ocasiones sólo basado en la provocación, de otros amigos suyos de la Movida. Nunca hubo un rincón para el mal gusto manifiesto, excepto en algún desliz extraño pero puramente propio a la vez, como Vía Satélite alrededor de Carlos Berlanga (1997), pero en general, cualquier ritmo atropellado que en otros habría quedado de feria de Galapagar con sus autos de choque, en él se convierte en un caramelo de limón; las letras hacen el resto, junto con, en ocasiones, unos arreglos bellísimos, bien pensados. 
“Me consta que la fatalidad se cebó en mí”
Pero, ¿quién es Carlos? Sabemos que nació hijo del cineasta, Luis García Berlanga, que era madrileño con todas las de la ley, y también un magnífico dibujante y diseñador gráfico aparte de compositor y guitarrista. Y, también, alguien que es capaz de cantar burlonamente sobre la vida nocturna del Madrid de los ochenta denominándola “un nuevo club, Nuevo club de Egipcios, nuevo”, como una extravagancia peligrosa al límite, o sobre el deseo de poseer a un amado siempre inalcanzable: “quiero comprarte, y no estás a la venta ni en alquiler”, o entonar los preciosos estribillos sobre la indecisión de “Lady Dilema” “¿Qué volverá, el nylon o el tergal, y si vuelve el tergal, cómo lo lavarás?”, o expresar el anhelo de encontrar al alma gemela: “¿Paseará por Alcalá o la Gran Vía?”. Éso es Carlos. Carlos y su belleza canalla y elegante, sus ojos azul hielo.
Carlos con Dinarama, o Carlos en solitario, es Madrid. Es para mí una representación perfecta de todo ese Madrid de la movida y el posterior, abotargado en promesas y luminosidad, pero con sus días tristes, sus calles de mala muerte y sus hermosos, siempre balsámicos, días de lluvia. Su voz, grave, amable, de narrador adormilado, se lleva estupendamente bien con lo que cuenta, con cómo lo cuenta. Con la traición, el dolor y la pérdida, y la observación sarcástica de quienes le rodean, siempre arropado o por un sonido técnico de baile, o un susurro melódico de trompetas, guitarras y un savoir faire a la madrileña que huele a barrio y a sábanas recién tendidas.
“No espero un milagro, espero un avión”.
Podríamos hablar de dos Berlangas. El artista efervescente y genial que se integró en esa alegría siniestra de Kaka de Luxe, Pegamoides y sobre todo, Dinarama, o el Berlanga melancólico en sus trece, con sus temas recurrentes y por ello, en ocasiones muy reconfortantes para sus seguidores, apalancados en sus pequeños espacios de confort y sueños, que hablan de espejos rotos del desamor y el cabreo domado, a veces con un rasgo de tango y bolero. Un hombre cernido por una amenaza tormentosa y una calma chicha que acepta el destino puñetero, ácido y cabrón de la vida.
Canciones para aproximarse a Carlos hay muchas. En todas sus etapas. Me quedaría con un pequeño repaso incluyendo el tema anteriormente mencionado, “Club de Egipcios” (1983) sobre todo su versión demo con ese saxo ochentero, opaco y cosmopolita. “Ni tú ni nadie”, con sus suspiros, “Un hombre de verdad”, o, cómo no, “El Rey del Glam”: un toquecito de atención a un tipo parado en los setenta, algo así como ahora reírnos de un popero que se quedó vistiendo camiseta con el cuello y el bordecito de las mangas en amarillo y el pelo como Jarvis Cocker en 1994. 
También tengo que añadir a la lista la reivindicativa y tecno coplera “A quién le importa” (1986) toda una declaración de intenciones que desde luego mantuvo como estandarte personal, y sin dudarlo, la quizá trilogía (quizá, porque no sé si “Víctima de un error” forma parte manifiesta) del atropello mortal, “Cómo pudiste hacerme esto a mí” más “Víctima de un error” y el colofón ya alumbrado en solitario de “Qué sería de mí sin tí”, quizá uno de los estribillos más divertidos, finos y crueles del álbum “Indicios”No está tan sola, American Express. La mujer dolida que se quita de en medio la sombra de los angustiosos celos (un personaje en toda regla digno de un corto, o más, de una película… casi me veo a Carmen Machi en un oscuro Mercedes) a golpe de volantazo, y veinte años después sale de la cárcel, viuda y pertrechada con su Louis Vuitton y una preciosa tarjeta de crédito con la que comprar una nueva vida.
Pero mencionar estos temas archiconocidos entre el océano berlanguiano es sólo una excusa para acercar a quienes no le tienen ubicado en el universo: porque otras joyas escondidas esperan meciéndose entre las algas de sus sintetizadores tristes y sus guitarras cálidas. No puedo dejarme en el tintero su último álbum, “Impermeable”, con quizá la canción más bonita de Carlos, “Lady Dilema”,  y sus muy destacables “Impermeabilizado” (“Estoy aislado, impermeabilizado, estoy cerrado al mundo que me ha traicionado: ya no quiero sufrir más”), la hipnótica “Estrellas y Planetas”, con ese recurrente deseo sin recompensa, y el precioso final en loop de “Por desgracia no”.
Y eso fue lo que Carlos finalmente contestó a todo el mundo, que por desgracia, se tenía que ir.
                                                                                                                           
           
                                                                                                                Lucía Santa

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