Crónica: Pablo Und Destrucktion. Una experiencia real.

Pablo Und Destruktion Joy Eslava
Pablo Und Destruktion en uno de los tres días que estuvieron en la Joy Eslava junto a Nacho Vegas.
Al terminar el concierto de Nacho Vegas, el tercero y último dentro de su paso por el Sound Isidro 2014, acompañé a la banda Pablo und Destruktion unas horas. Éstos habían abierto para Vegas cada una de las noches, todos asturianos hermanados, la mayoría de Gijón. Pablo nos enseñó la mano izquierda. Tenía una marca -sangre pura- de apariencia muy dolorosa, por haberse liado a golpes con un instrumento de percusión que tocó con dos baquetas en momentos clave, como en la desgarradora y enérgica “Por cada rayo que cae”. Esto bien podría ser una metáfora de cómo vive esta banda la música: rozando con algo íntimo, doloroso, y que deseando romper la superficie, se comporta, lisa y llanamente de manera pura. 

Pocos iconos tan potentes como las heridas de guerra que sufren los artistas.

Porque pureza y rabia no están reñidas, de hecho en ciertos momentos, parecen ir de la mano. 
Los asturianos forman una banda de una cohesión fluida donde cada uno es amo y dueño de lo suyo, pero poniéndolo en común limpiamente. La voz de Pablo suena potente y localista, con un deje norteño tan tradicional y a la vez tan contemporáneo que no sabes si ponerte un traje popular (“Extranjera”, “Limonov”), mover rítmicamente la cabeza en los momentos más abrasivos (“Pierde los dientes España”) o desarmarte con la belleza serena de “Powder” -si Gijón es triste, por lo menos que sea de un bello tan triste como el final de esta canción”.

Pero si tengo que quedarme con algo, con un recuerdo que no sea la mano magullada del cantante, o mejor dicho, con dos cosas, fueron las ganas de más (la banda tocó siete temas en media hora) y visualizar a Pablo y Nacho Vegas cantando a dúo el himno minero Santa Bárbara Bendita.


Ahí estaban, “el vaso en la mano, la otra mano en el bolsillo”, como dos paisanos de ahora, del 2014, provocando una oleada de respeto simbolizada por varios puños en alto entre el público. La solemnidad y la acogedora luz del teatro Joy Eslava, hicieron el resto.


Texto de Lucia Santa.

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